El Real Madrid tendrá que aplazar durante un año más el sueño de alcanzar la Décima Copa de Europa. Y ya van once, demasiados para la institución futbolística más rica (tanto por prestigio como económicamente) del planeta. La eliminación es más que justa si se considera el global de la eliminatoria y, a pesar de todo, el Madrid dispuso de serias opciones de dar la vuelta al adverso marcador que se trajo de Dortmund en aquella aciaga noche en la que Lewandowsky se coronó como uno de los mejores delanteros del mundo.
El principal problema del Madrid es que no dispone de un plan más allá de su letal contraataque y la calidad extrema de la mayoría de sus jugadores. Ante defensas cerradas y equipos medianamente organizados sufre lo indecible. Todo ello quedó evidenciado en los dos partidos de octavos de final contra el Manchester United. Tal vez fue allí cuando el Madrid empezó a perder esta Copa de Europa. Cuando le mostró al mundo entero todas sus carencias. Al igual que en la eliminatoria contra los diablos rojos, ayer el equipo careció, una vez más, de ideas. Las tres clarísimas oportunidades de las que dispuso durante los primeros quince minutos fueron mucho más producto de la enorme calidad de sus jugadores que de un plan de juego realmente efectivo. Higuain primero, Cristiano poco después y Ozil al rato mandaron al limbo las escasas opciones de remontada. Marcar en los primeros minutos del partido resulta clave cuando se pretende realizar una gesta de tal calibre como es ganar por 3-0 en unas semifinales de Champions. Los errores no solo cortaron las alas al Madrid, sino que dieron impulso al Borussia, que tuvo la sensación de que lo peor había pasado y habían salido indemnes y sin un rasguño en la coraza.
A partir de ese momento fue cuando más se demostraron las debilidades de este Madrid, que no volvió a gozar de oportunidades claras hasta los últimos 20 minutos de partido. Cada jugador, especialmente Di María que a la mínima ocasión se lanzaba como un rayo contra la nada, hacía la guerra por su cuenta. Cristiano, tal vez no recuperado aún totalmente de las molestias que le hicieron ser duda hasta el último momento, estuvo muy desacertado durante todo el partido. Higuain no daba una a derechas. Y Ozil tampoco tuvo su mejor día. Solo Modric, una máquina de recuperar balones, y Ramos, una vez más un muro defensivo, mantuvieron un altísimo nivel durante todo el encuentro. Además de Diego López, que estuvo soberbio una vez más. Pero ayer lo que le hacían falta al Madrid eran goles. Y sus delanteros no estaban finos. Mientras, el Borussia a lo suyo. Una vez pasada la avalancha, le bastó con estar ordenadito mientras que sus centrales se hartaban a despejar balones colgados sin el más mínimo sentido.
Pero si hay algo que caracteriza al Madrid es su infatigable lucha en pos de la victoria... salvo lamentables excepciones como el partido de Dortmund. Empujado por un Bernabeu que, pese a todo, seguía mostrando esperanza en la remontada, se lanzó a degüello a lo que ya parecía más un acto de fé en busca del milagro que una posibilidad real. Los últimos 20 minutos del equipo fueron ejemplares, más por la actitud que por el juego en sí. Así, las ocasiones comenzaron a llegar una detrás de otra. Pero la pelota se empeñaba en no entrar. Hasta que Benzema acertó a empujarla a la red en el minuto 81. Ramos hacía el segundo solo tres minutos después. El Madrid llegaba a la recta final del partido en la situación soñada: a falta de un gol para el pase a la final, con un subidón de adrenalina, un estadio enloquecido que, ahora sí, intuía que la gesta estaba al alcance de la mano, y un Borussia acogotado y, seguramente, con el recuerdo grabado a fuego en la memoria de cómo había eliminado al Málaga en cuartos, anotando dos goles en el tiempo de descuento. Son las cosas del fútbol. Las cosas que le convierten en el deporte rey.
Sin embargo el milagro no se consumó. El arreón final no fue suficiente para compensar una eliminatoria mejor jugada por el Borussia, que alcanzó merecidamente y por segunda vez en su Historia una final de Champions. Un tapado que, a falta de conocer lo que ocurra hoy entre Bayern y Barcelona, será la cenicienta de la final. También lo era en 1997... y derrotó a la todopoderosa Juventus de un tal Zinedine Zidane.

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